Quince millones de balas israelíes

La semana pasada se supo que Marlaska había comprado quince millones de balas por seis millones de euros al país al que hoy no deben comprarse, Israel, razón por la cual casi cae el Gobierno de España, y todo porque se supo lo que ya sabían y quisieron tapar para que los ciudadanos no nos enterásemos (la compra de las balas fue publicada en la Plataforma de Contratación del Sector Público el Viernes Santo, festivo en toda España); e Izquierda Unida dijo que por ahí no pasaba en cuanto se enteró por la prensa de lo que hizo el propio gobierno del que forma parte. Porque la compra la hizo el Gobierno de España de Pedro Sánchez en su conjunto, no el ministro Marlaska individualmente o por su cuenta y riesgo, por mucho que lo hayan querido responsabilizar a él de aquello de lo que todos son responsables. Los pillaron y después disimularon. Y Marlaska fue responsabilizado y después desautorizado y hoy sigue apagado o fuera de cobertura, tan indigno como el resto de ministros del gabinete Sánchez, convertidos en títeres de su amo; quién lo diría, a sus años y después de lo que algunos han sido, dedicados a estos menesteres. Y Yolanda Díaz, esa eminencia, dijo que la cancelación del contrato se produjo gracias a ella, sin que se le cayera la cara de vergüenza.

Sánchez, en sede parlamentaria, afirmó solemne que no firmaría contratos armamentísticos con Israel a pesar de que llevaba tiempo haciéndolo y seguiría haciéndolo después de su comparecencia, consecuencia de los excesos cometidos por Israel en la franja de Gaza durante los últimos meses, por mucho que lleve mucho tiempo cometiéndolos. Y cuando se hizo público uno de esos contratos, el PSOE dijo que en ningún caso lo cancelaría, porque dicha cancelación era jurídicamente imposible y, en caso de que hipotéticamente fuera posible, provocaría perjuicios económicos que el Gobierno de España consideraba excesivos. Supongo que porque la ética política en la que se envuelven y de la que presumen tiene ciertos límites incluso para la izquierda, como no perder dinero por dejar de comprar armas a un Estado que consideran terrorista. Y, sin embargo, a pesar de que Sánchez dijo que no se firmaría ningún contrato armamentístico con Israel, ya los tenía firmados, y a pesar de que el que salió a la luz no podía rescindirse en ningún caso, se rescindió después, como por arte de magia. Y, tras rescindirse este, a pesar de que se mantienen vigentes otros contratos, Sumar y el resto de la izquierda que apoya al Gobierno dieron por zanjada la crisis, porque la clave es el parecer antes que el ser y el decir antes que el hacer. Es la hipocresía habitual de nuestros políticos pero especialmente de la izquierda reaccionaria, que da consejos pero para ella no tiene. Lo mismo afirma que Israel es un Estado genocida que mantiene relaciones con él como si no lo fuera. Y todo es una enorme mentira.

Efectivamente, en política es más importante lo que parece que lo realmente es y es más importante decir que hacer, sobre todo cuando no puedes llevar a cabo aquello que supuestamente te gustaría hacer pero, en el fondo, nunca harías salvo que te venga bien. Es la política reducida a marketing político, publicidad y propaganda. Sánchez, sin ir más lejos, aseguró en su día que, de tener que eliminar un ministerio cuando llegara al Gobierno, eliminaría el ministerio de Defensa; lo dijo para engatusar a sus partidarios, lograr más votos y alcanzar la Moncloa, aunque sabía que tal cosa era imposible. No sólo no ha eliminado el ministerio de Defensa sino que ha incrementado su presupuesto; y con el apoyo de Sumar y Yolanda, por cierto, seres angelicales que se oponen a que Ucrania se defienda de la invasión rusa, como si tal cosa no fuera otra cosa que la paz de los cementerios.

Desde luego, hay más cuestiones. Por ejemplo, por qué no debe mantenerse el comercio de armas con países que vulneran los derechos humanos y sí el comercio de otros bienes o servicios con esos mismos países, cuando son ellos los que se benefician igualmente de la entrega de nuestro dinero; por qué no deben comprarse balas que utilizaremos nosotros pero sí podemos adquirir otro tipo de material, incluso bélico, como placas balísticas, lanzacohetes o misiles; por qué podemos comprar las pistolas pero no las balas que necesitan dichas pistolas, y no es broma; que venga Gila a contarlo. Y por qué no podemos mantener relaciones comerciales con Israel o empresas israelíes pero sí podemos con Arabia Saudí, Marruecos o Brunei. Por no hablar de otras satrapías con las que habitualmente mantenemos relaciones de todo tipo y, entre ellas, comerciales, aunque no sean armas lo que compremos. Como Venezuela. O Rusia, a la que seguimos financiando su invasión criminal de Ucrania a través de la compra de sus recursos naturales.

Y volviendo a Israel, ¿qué pasa con nuestra relación con sus Servicios Secretos, a los que damos información privilegiada que ellos emplean como consideran? ¿Van a revisarlo todo o sólo lo que electoralmente beneficia a sus intereses? ¿Es un cambio profundo de políticas o un guiño para contentar a los incautos? Quizás sólo sea un pacto de Sánchez con Yolanda Díaz en plan…: «Tú incrementas el presupuesto de Defensa con mi apoyo y yo hago como que me indigno un poco con la compra de armas a Israel».

Por mi parte, que se acaben nuestras relaciones de todo tipo con todas las satrapías que hoy día existen en el mundo. ¿Dónde hay que firmar? Pero pueden tomárselo más como una recomendación ética que como una práctica política que pueda llevarse a efecto, desgraciadamente. Una cosa son las contradicciones en las que unos y otros incurren que considero hasta comprensibles. Otra cosa es la mentira y la demagogia como prácticas habituales de acción política.

(Publicado en Vozpópuli el 29 de abril de 2025)