Lo recuerdo como si fuese ayer. Al llegar a casa y llamar al timbre, mi madre me abrió la puerta: «Lo han matado, pobre, lo han matado…», me anunció entre lágrimas. «¿A quién?», le pregunté. «A Gregorio Ordóñez». Y a continuación, mis exabruptos y descalificaciones, tan habituales (y necesarios) en quienes nos indignamos ante semejantes...Continue Reading